Yo no soy digno de que entres en mi casa
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Dichosos los siervos impecables del Señor: aquellos que levantan la frente sin temblar ante su luz, los que no arrastran culpas, deudas ni sombras que intentar velar a sus ojos.
Aunque fingir la sombra sea absurdo, pues Su mirada ya habita cuanto fuimos, lo que ahora somos y la herida que seremos mañana.
A ellos les pertenece la gloria por derecho propio; ellos son los herederos legítimos de Su paz.
Sin embargo, hay en Su gracia una obstinación divina: se empeña en desviar los ojos hacia los rotos, hacia los que apenas nos sostenemos en pie. Nos busca en la miseria porque así es el hombre, y el hombre no es más que el reflejo trágico de Su propia imagen y semejanza.
Y aquí estoy yo: aterrado ante el abismo, y enteramente ciego bajo el peso de Tu amor.